Inicio Editorial

Actualidad

Moda

Música

Arte

Cine

Fotógrafos

 
     

 

Modelos

Diseñadores

Bienestar

sexualidad Contacta

 

Si hicieran una encuesta con las cosas que mas pavor producen al ser humano encontraríamos la soledad como una de las mejor posicionadas.
Hay dos tipos: impuesta o voluntaria. Esta última no siempre se comprende, por eso en cuanto alguien nos dice que quiere estar solo, lo entendemos a la primera, pero no como una necesidad, si no como un estado de ánimo momentáneo. Tiene un mal día y ya se le pasará.
¿Qué pasa cuando no es así?
Como ejemplo pongo a San Antón que decidió llevar una vida austera y dedicarse a la meditación uniéndose a un grupo de ascetas. Ayunó, rezó, luchó contra las tentaciones, pero la convivencia con otras personas hacía imposible la soledad que él buscaba y se marchó a una cueva en medio del desierto. Después buscó un sitio mas apartado en una ciudad en ruinas y mas tarde levantó un muro allí para no tener que hablar ni con la persona que le tiraba pan por encima. Pero ni con esas.
Acudian tantas personas para hablar con él que finalmente tuvo que derribar el muro (debió ser a cabezazos de la desesperación) y hacer vida social.
Hay gente que necesita la soledad. La necesita como un paso adelante en su vida. No temen estar sin mas compañía que consigo mismos porque han aprendido a escucharse. Saben encajar los fracasos y asumir su parte de culpa en ellos porque es lo único que, cuando todo parece estar estancado, nos permite crecer por dentro y avanzar.
Procesar nuestras experiencias, proyectos y sentimientos es algo que debemos hacer sin que nadie nos aplauda, de palmaditas en el hombro o seque las lágrimas.
Quizá cuando empecemos a ver la soledad como una herramienta para conseguir eso y no como un enemigo a batir, dejándolo de asociar con la falta de afectividad, dejemos de temerla.

Por Nuria (www.wayramuyu.blogspot.com)

 

Foto Pascal Leurquin

 

© Fuxyz.com

Reproducción prohibida