|
Si hicieran una encuesta con las cosas que mas pavor producen al ser
humano encontraríamos la soledad como una de las mejor posicionadas.
Hay dos tipos: impuesta o voluntaria. Esta última no siempre se
comprende, por eso en cuanto alguien nos dice que quiere estar solo,
lo entendemos a la primera, pero no como una necesidad, si no como
un estado de ánimo momentáneo. Tiene un mal día y ya se le pasará.
¿Qué pasa cuando no es así?
Como ejemplo pongo a San Antón que decidió llevar una vida austera y
dedicarse a la meditación uniéndose a un grupo de ascetas. Ayunó,
rezó, luchó contra las tentaciones, pero la convivencia con otras
personas hacía imposible la soledad que él buscaba y se marchó a una
cueva en medio del desierto. Después buscó un sitio mas apartado en
una ciudad en ruinas y mas tarde levantó un muro allí para no tener
que hablar ni con la persona que le tiraba pan por encima. Pero ni
con esas.
Acudian tantas personas para hablar con él que finalmente tuvo que
derribar el muro (debió ser a cabezazos de la desesperación) y hacer
vida social.
Hay gente que necesita la soledad. La necesita como un paso adelante
en su vida. No temen estar sin mas compañía que consigo mismos
porque han aprendido a escucharse. Saben encajar los fracasos y
asumir su parte de culpa en ellos porque es lo único que, cuando
todo parece estar estancado, nos permite crecer por dentro y
avanzar.
Procesar nuestras experiencias, proyectos y sentimientos es algo que
debemos hacer sin que nadie nos aplauda, de palmaditas en el hombro
o seque las lágrimas.
Quizá cuando empecemos a ver la soledad como una herramienta para
conseguir eso y no como un enemigo a batir, dejándolo de asociar con
la falta de afectividad, dejemos de temerla.
Por Nuria (www.wayramuyu.blogspot.com) |