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Los
Abuelos
Esta mañana iba por la calle y frente a mi ví
venir a una abuelita. Su pelo totalmente blanco iba muy bien recogido
con un moño perfecto lleno de horquillas. Iba vestida con una falda
negra y una chaqueta del mismo color. Llevaba unas alpargatas de
loneta y se apoyaba al caminar con un bastón.
Sentí muchas cosas cuando me la cruce, pero lo
que más sentí por ella fue admiración.
A veces por no decir siempre o casi siempre,
los ancianos pasan inadvertidos, los vemos, pero no nos paramos a
pensar que nosotros algún día, seremos como ellos. Yo más que
ancianos, los veo como sabios, porque han pasado por tantas
situaciones en esta vida, que todo lo que tienen de mayores, lo tienen
de sabios, están a mi modo de ver, llenos de sabiduría.
Recuerdo a mi abuela paterna sentada en el
sillón de mi casa contándome anécdotas de la guerra civil y os
aseguro, que escucharla a ella hablar no me hacia falta ir a ninguna
enciclopedia a informarme, porque su vida entera era la mejor
enciclopedia en la que yo podía buscar datos.
Mi abuelo materno, no era de contar muchas
historias, pero tenía un poder de narración increíble, hacía que te
creyeras incluso que en su pueblo una vez, la corriente del río trajo
consigo una ballena.
Pero en sus cuentos y narraciones, también
había partes verdaderas. Recuerdo que una vez le pregunté porqué no
tenía olfato y porqué le faltaba la falange de un dedo y él muy
risueño me contó que cuando era crío le explotó una granada de mano
que traía su hermano en el petate.

Mi abuelo era capaz de hacer sonreír a la
persona más triste. Una vez, le vi tirarse a una piscina solo por no
perder una peseta y es que para un abuelo, una apuesta es sagrada.
Mi abuelo era peletero, se levantaba cuando
salía el sol y se acostaba cuando el sol se escondía. Trabajaba muy
duro y muchas horas al día, pero nunca jamás, le escuche decir que
estaba cansado, esa palabra, no estaba en su vocabulario.
Los domingos, se levantaba de la cama, se
aseaba, se ponía elegante y se iba al mercadillo. Cuando volvía, lo
hacía con bolsas, muchas bolsas llenas de pequeñas cosas que a mi me
hacían sentir muy grande. Y es que es cierto el dicho de los padres
educan y los abuelos consienten.
Una mañana, después de una larga y dolorosa
enfermedad, mi abuelo dejó de luchar y se fue. Desde ese día, en mi
corazón hay un hueco irreemplazable aunque se que tarde o temprano,
volveré a abrazarle y a llamarle ABUELITO.
Le hecho de menos todos los días, no pasa un
solo día de mi vida en el que no piense en él.
Los abuelos, son la sabiduría hecha realidad,
no debemos dejarlos abandonados como trastos viejos ni olvidarlos en
asilos porque nos molestan para irnos de vacaciones. Debemos
respetarles y cuidarles porque antes que nosotros tuviéramos que
cuidar de ellos, ellos han cuidado de nosotros y se han sacrificado
sin pedir nada a cambio.
Creo firmemente que todos, absolutamente
todos, deberíamos poner un abuelo o abuela en nuestra vida.
Por inma
(inma@fuxyz.com)
Foto Pascal Leurquin |