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Meditando sobre lo que se me ha trasmitido, he pensado que lo mejor que
puedo hacer no es escribir de las maravillas encontradas, de su paisaje,
incluso estaría de más hablar de esos magos, duendes, hadas y maestros que
uno ha encontrado en su transitar y que tantas cosas me han enseñado. Más
importante es describir el Camino de Santiago como un ente vivo, y
transmitir qué ha representado el recorrerlo y qué ha aportado a mi
espíritu.
Todos los que hemos andado el Camino estamos de acuerdo, algo
sucede en nuestro interior conforme recorremos sus cientos de kilómetros;
unos con más desparpajo que otros exponen al finalizar el largo trayecto
la evolución que se ha producido en ellos. Es tan evidente, lo acontecido
está instalado tan profundamente en los corazones, que difícilmente
cambiarán de opinión. El Camino de Santiago no sería tal sin los
peregrinos, miles, millones han recorrido sus arterias cual glóbulos rojos
portadores de vida, y esas personas dejan en cada rincón un rastro de sí
mismas, de su energía, de su peso.
La primera vez que lo recorrí en solitario empecé en Sant
Jean Pied de Port, Francia. Deserté de toda mi vida, trabajo, estudios…;
había llegado un momento en mi vida en el que el estado larvado que sentía
en mi interior debía eclosionar en crisálida bella y luminosa. Era
consciente de que para un buscador como yo este éxodo era la excusa vital
para acometer grandes decisiones y seguir creciendo, debía salir de la
experiencia un Ser renovado, intuyendo ya en ese momento el cambio
trascendental que aún hoy continúa dentro de mí.
El día
que alcancé Santiago, después de 850 kilómetros y 24 días caminando, se
celebraba una reunión nocturna de peregrinos, eran las 10 de la noche y
nos encontramos allí unas 20 almas, todas de muy diversa procedencia, nada
que ver con las multitudinarias misas diurnas bautizadas con el nombre de
misas del peregrino, donde se hacía difícil divisar alguno entre la
masa de turistas apelotonados en las primeras filas; uno los encontraba en
las últimas hileras de asientos, casi escondidos entre cientos de
personas, sentados en el suelo, en el sepulcro meditando o inclusive
camino ya del fin del mundo. Pero eso es ya otra historia…; en definitiva
sabían por qué estaban allí, y eso aportaba paz y serenidad al enjambrado
entorno.
Volviendo a esa noche, un sacerdote abrió una de las capillas
que normalmente están cerradas al público; sigilosamente entramos en fila
de uno. Jenaro resultó ser el responsable de los peregrinos
¾todo aquel que tenga una Compostelana verá
su nombre estampado en ella, diploma que acredita que has andado un mínimo
de 100 kilómetros, aunque este documento es lo de menos para el Peregrino¾. Una vez dentro del oratorio, un breve
discurso de bienvenida por parte del clérigo dejó el altar a disposición
del que deseara compartir su experiencia. En ese momento subió un gaditano
que expuso exactamente lo que pienso del Camino.
"Es como
la vida misma
¾empezó
apuntando¾, con sus baches, sus curvas a izquierdas y
a derechas, extenuantes subidas y bajadas. Cuando uno lo transita, la
similitud con la existencia que uno ha dejado atrás hace inevitable la
comparación, y surge de ello la comprensión espontánea de todo a lo que
uno llama problemas, que no son otra cosa que situaciones y hechos mal
entendidos por la visión limitada de uno mismo. El camino logra que
expandas tu manera de ver las cosas, nada influye en esto lo religioso, lo
místico o lo turístico, lo que te cuenten o dejen de contar, cada paso se
convierte, queriéndolo o no, en un diálogo con tu ser interior".
En el
fragor de la batalla uno va superando todos los obstáculos, viendo cada
vez más lejos la que fue tu realidad, aquello con lo que uno se
identificaba, te observas en la distancia con incredulidad, no
reconociéndote en ocasiones, surgen nuevos planteamientos, visiones desde
otras perspectivas, más lejanas, más relajadas, con energías renovadas.
Cuando uno llega a Santiago es importante saber del ritual
que siguen los antiguos caminantes, uno entiende que todo aquello se alzó
para algo más que para llenar el ego de unos cuantos y que, detrás de esa
bella fachada gótica, la catedral de Compostela esta allí para darnos a
cada uno de nosotros un mensaje intransferible.
El templo tiene cuatro portones por los que poder acceder.
Uno al Oeste, el más grande y fastuoso, el Pórtico de la Gloria, desemboca
en la plaza del Obradoiro. Las puertas de Azabachería y Platerías
flanquean el Norte y el Sur respectivamente, nombradas así por la clase de
comerciantes que antiguamente solían regentar las cercanías de ellas…, ¿o
no? Y por último el paso Jacobeo, que se abre solo en año jubilar y queda
orientado al Este.
Pues bien, nada más llegar a la catedral uno debe dirigirse a
la puerta de Azabachería, la más humilde y austera; en la parte superior
se distingue el símbolo del peregrino, entre los que destaca una gran
concha, el sepulcro de Santiago y una estrella…. Nos adentramos por ella.
A continuación iniciamos una vuelta a la catedral en el sentido de las
agujas del reloj, bordeando el sepulcro del Apóstol Santiago. Antiguamente
las catedrales se construían en zonas de gran poder energético, detalle
que actualmente se tiene algo olvidado, los iniciados se recargaban
conscientemente en este ritual de luz. Después de bordear el sepulcro
enfilamos la puerta de Platerías y caminamos hasta salir del edificio.
Encima del pórtico de esta salida podemos observar dos gárgolas, que
ocultan
¾cual
tesoro¾ a miradas turísticas o despistadas un
símbolo muy conocido. Algo no cuadra, ¿o sí?, la imagen que observamos
hace referencia al popular Alpha/Omega que simboliza el Uno o Dios único.
En este caso lo encontramos invertido Omega/Alpha. No se conoce otra
imagen de esas características en el mundo. ¿Un error del Constructor? Sin
duda… no. El mensaje plasmado para el peregrino es claro y podría
resumirse así: "El final de este camino… es el comienzo del tuyo…".
Después de tantos días andando interiorizas y comprendes, te
permites un par de profundas respiraciones mientras digieres todo lo
acontecido; ahora sabía, aunque siempre lo había sabido, que esos duros
días una energía me acompañaba, en algunos momentos percibía la sensación
de que ella me había mantenido en pie…, me invitaba a seguir avanzando, un
proceso alquímico había embargado todo momento mi corazón, la semilla del
Amor y la metamorfosis brotaban en toda su magnificencia… Así, con las
tijeras de azabache corté el Camino que llegaba a su fin, y a continuación
pegué en luminosa plata el camino de mi vida. Me dirigía sereno a mi lugar
de procedencia, mi casa nunca se movería ya del centro de mi Corazón,
porque él había sido siempre mi morada… De aquí en adelante todos los días
me levantaré para avanzar en el camino.
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